Hay algo peor que no saber.
Creer que estás pensando cuando en realidad otro está pensando por ti.
Puede ser tu profesor.
Tu grupo de amigos.
El influencer que sigues.
El partido con el que simpatizas.
El algoritmo que decide lo que ves.
O, desde hace poco, una inteligencia artificial.
Y aquí empieza el problema.
Porque ChatGPT puede ayudarte a aprender más rápido, encontrar errores, explicarte algo que no entiendes, hacerte preguntas, comparar ideas y mostrarte caminos que quizá no habías visto.
Pero también puede hacer algo bastante más peligroso:
ahorrarte el esfuerzo de pensar.
Y entonces tenemos un problema.
No saber no te hace estúpido
Dietrich Bonhoeffer, filósofo y teólogo alemán ejecutado por los nazis en 1945, escribió desde prisión una idea bastante incómoda:
la estupidez puede ser más peligrosa que la maldad.
Pero cuidado.
Bonhoeffer no hablaba de inteligencia.
No hablaba del que suspende matemáticas.
Ni del que no sabe cuál es la capital de Indonesia.
Ni siquiera del que mete jabón de fregar platos en la lavadora y convierte la cocina en una fiesta de espuma.
Para él, la estupidez aparecía cuando una persona renunciaba a pensar por sí misma.
Y eso cambia bastante las cosas.
Porque puedes tener estudios.
Un máster.
Dos carreras.
Un despacho lleno de libros.
Y seguir dejando que otros decidan lo que debes pensar.
El problema no es usar inteligencia artificial
Sería absurdo decirte que no utilices IA.
Yo sería el primero en recomendarte utilizarla.
El problema aparece cuando cambias esta pregunta:
“¿Puedes ayudarme a pensar?”
por esta otra:
“Dime qué tengo que pensar.”
No parecen muy distintas.
Pero lo son.
Mucho.
En el vídeo que inspira este artículo aparece un experimento mental propuesto años antes de la llegada de ChatGPT: imaginar una especie de Google Moral.
Una aplicación a la que preguntas:
¿Debería dejar este trabajo?
¿Debería continuar con mi pareja?
¿Esto está bien o está mal?
Y la aplicación responde.
Problema solucionado.
Excepto que no lo está.
Porque has conseguido una respuesta a cambio de entregar algo mucho más valioso:
tu capacidad de juzgar.
La IA puede darte información.
Puede ofrecerte argumentos.
Puede enseñarte alternativas.
Incluso puede señalar que tu razonamiento tiene agujeros.
Pero la decisión intelectual sigue siendo tuya.
O debería serlo.
Hay una forma bastante sencilla de volverte más tonto usando una herramienta muy inteligente
Haz esto:
Pregunta.
Copia.
Pega.
Entrega.
Fin.
No cuestiones nada.
No compruebes nada.
No intentes explicarlo con tus propias palabras.
No compares la respuesta con otra fuente.
Y, sobre todo, no te preguntes:
¿Tiene sentido esto?
Entonces sí.
Una herramienta extraordinaria acabará haciendo exactamente lo contrario de lo que esperabas.
Te hará intelectualmente más dependiente.
Porque aprender no consiste únicamente en conseguir respuestas.
Consiste en construir las estructuras mentales que te permiten llegar hasta ellas.
Que una respuesta suene bien no significa que sea buena
Este es otro problema.
La IA escribe muy bien.
Demasiado bien.
Puede darte una respuesta ordenada, convincente y aparentemente impecable.
Con títulos.
Argumentos.
Ejemplos.
Conclusión.
Todo muy bonito.
Y todo puede estar equivocado.
Por eso existe una habilidad que empieza a ser más importante que encontrar respuestas:
saber hacer buenas preguntas y evaluar las respuestas que recibimos.
Esto no es nuevo.
Sócrates llevaba más de dos mil años molestando a la gente precisamente con eso.
No iba diciendo:
—Estás equivocado.
Preguntaba.
¿Y por qué crees eso?
¿Cómo sabes que es cierto?
¿Qué ocurriría si sucediera lo contrario?
¿Qué evidencia podría hacerte cambiar de opinión?
Esa forma de pensar sigue siendo extraordinariamente poderosa hoy.
Y con inteligencia artificial lo es todavía más.
Prueba a usar la IA al revés
La mayoría hace esto:
Esta es mi opinión. Dame argumentos que la apoyen.
Prueba otra cosa:
Esta es mi opinión. Busca los puntos débiles.
O:
Dame tres argumentos sólidos contra lo que acabo de decir.
O mejor todavía:
¿Qué tendría que ser cierto para demostrar que estoy equivocado?
Eso cambia completamente el juego.
Karl Popper defendía que una buena idea debe poder enfrentarse a intentos de refutarla.
No busques únicamente información que confirme lo que ya piensas.
Busca información capaz de romperlo.
Si sobrevive, tu idea será más fuerte.
Y si no sobrevive, mejor descubrirlo ahora que pasarte diez años defendiendo una estupidez.
Tu inteligencia también puede jugar en tu contra
Hay otra trampa especialmente interesante.
Pensamos que las personas inteligentes están protegidas contra las malas ideas.
No necesariamente.
A veces ocurre justo lo contrario.
Una persona muy inteligente puede convertirse en alguien extraordinariamente bueno defendiendo una mala idea.
Tiene más vocabulario.
Más argumentos.
Más capacidad para buscar datos que confirmen su posición.
Y más recursos para justificar por qué los demás están equivocados.
El vídeo llama la atención sobre lo que algunos filósofos denominan epistemic trespassing: creer que por dominar un área también tenemos autoridad en otras.
Un magnífico médico puede saber muchísimo de medicina.
Eso no lo convierte automáticamente en economista.
Un gran ingeniero puede dominar su profesión.
Eso no significa que entienda de psicología.
Y alguien que sabe utilizar ChatGPT tampoco se convierte automáticamente en experto en aquello sobre lo que pregunta.
Parece evidente.
Hasta que nos toca a nosotros.
La frase más inteligente que puedes decir sigue siendo esta
No lo sé.
No pasa nada.
En serio.
No tienes que saber de todo.
Uno de los problemas de las redes sociales es precisamente que parece obligatorio tener opinión sobre cualquier asunto.
Economía.
Nutrición.
Geopolítica.
Educación.
Inteligencia artificial.
La película que salió ayer.
Y el penalti del domingo.
Todo el mundo tiene que decir algo.
Aunque no tenga ni idea.
Pero admitir que no sabemos algo no es una derrota intelectual.
Puede ser exactamente lo contrario.
La verdadera diferencia está entre:
“No lo sé.”
y
“No lo sé y tampoco quiero saberlo.”
La segunda postura es la que nos debería preocupar.
Entonces, ¿cómo debería utilizar un estudiante la IA?
No como una máquina de respuestas.
Como un compañero de entrenamiento.
Pídele que te explique.
Luego cierra la pantalla y explícalo tú.
Pídele preguntas.
Intenta contestarlas sin ayuda.
Pídele que critique tu respuesta.
Discute con ella.
Pídele ejemplos.
Busca contraejemplos.
Haz que simplifique una idea complicada.
Después intenta reconstruirla.
Y cuando te dé una conclusión importante, haz algo revolucionario:
compruébala.
Así sí.
La IA deja de sustituir tu cerebro y empieza a entrenarlo.
El alumno del futuro no será el que más respuestas tenga
Las respuestas serán baratas.
Las tendremos en segundos.
Probablemente cada vez mejores.
Lo valioso será otra cosa.
Saber distinguir una buena respuesta de una mala.
Saber preguntar.
Relacionar conceptos.
Detectar contradicciones.
Cambiar de opinión cuando aparecen mejores evidencias.
Reconocer cuándo no sabemos algo.
Y mantener algo que ninguna tecnología debería arrebatarnos:
la responsabilidad de pensar.
Así que utiliza inteligencia artificial.
Utilízala mucho.
Pero recuerda una regla.
Que la IA piense contigo.
Nunca en lugar de ti.
Porque puedes utilizar la herramienta más inteligente que jamás hemos tenido…
y acabar pensando menos que antes.
